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27 años de la muerte de Freddy Mercury: Como fueron últimos momentos de un artista extraordinario

“No seré como Eva Perón. No quiero pasar a la historia como una de esas personas que se preocupan… que esperan que tras mi muerte yo quede como alguien que ha creado algo o que ha inventado algo. La vida es para vivirla”. La corona ya le estaba resultando pesada a Freddie Mercury y con estas palabras quedaba claro que su misión en la Tierra fue cumplida. Había vivido la vida y había hecho feliz a mucha gente. A 27 años de su muerte, el líder de Queen lo sigue haciendo.

La comparación con la argentina abanderada de los humildes surge del libro “Freddie Mercury, su vida contada por él mismo” (Greg Brooks y Simon Lupton, Ediciones Robinbook) donde se destacan comentarios que hacían prever que Freddie no iba a ser un hombre longevo. Él mismo decía que no esperaba llegar a viejo, ni vivir hasta los 70 años, “sería muy aburrido”. Finalmente, falleció el domingo 24 de noviembre de 1991, a los 45 años, por culpa de una bronconeumonía provocada por el mal que lo acechaba desde hacía aproximadamente 4 años, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).

Un día antes, el sábado 23, el cantante había hecho pública una nota en la que admitía que había contraído el virus: “A partir de las enormes conjeturas que han aparecido en la prensa durante las dos últimas semanas, deseo confirmar que soy VIH positivo y tengo sida. Creo que ha sido correcto no publicar esta información hasta ahora para proteger la privacidad de quienes me rodean. Sin embargo, ha llegado el momento de que mis amigos y mis fans de todo el mundo sepan la verdad. Espero que todos se unan a mis doctores y a todos los demás en el mundo que luchan contra esta terrible enfermedad. Mi intimidad siempre ha sido algo especial para mí y soy famoso por conceder pocas entrevistas. Por favor, comprendan que esto seguirá siendo así”. Y así fue, ya que menos de 24 horas después, este comunicado se convertiría en el último.

Sangre parsi

El término zoroastrismo deriva del griego Zoroastro o bien Zaratustra, en persa, quien fuera el profeta de este credo. El “iluminado” nació en Irán en el siglo VI a.C. e impulsó esta religión que resulta más antigua que el cristianismo, el judaísmo y el Islam. También se considera una de las primeras religiones monoteístas cuyo dios adorado es Ahura Mazda. Es por esta razón que al zoroastrismo también se le llama mazdeísmo.

Esta divinidad simbolizada por el fuego fue la que acompañó a Farrokh Bulsara, así era el nombre parsi de Freddie que había nacido en Zanzíbar, hasta que se convirtió en cenizas. La ceremonia para despedir los restos mortales del cantante de Queen no duró ni media hora. Todo sucedió en el Cementerio Oeste de Londres y el funeral fue llevado adelante por dos sacerdotes indios de religión parsi. Zoroastras como la familia Bulsara, los hombres rezaron pasajes del Avesta (el texto sagrado de los zoroástricos) en presencia del padre de Freddie, Bomi, su madre Jer, y su hermana, Kasmira. También estaba Mary Austin, ex pareja, amiga, confidente y heredera de la mitad de la fortuna.

En Bombay, los parsis aún exponen los cadáveres al sol hasta que los buitres los devoran. Pero en Inglaterra, prefieren la cremación. Aún en la India, esta práctica se está poniendo en duda ya que cada vez hay menos buitres, los cuerpos se acumulan a la intemperie y los zoroastristas están empezando a ver que sus seres queridos no parten de este plano como deberían.

En la despedida de Freddie, las rosas rosas de Elton John contrastaban con los ramos amarillos de David Bowie. Elton fue el único rockstar presente en esa ceremonia, Bowie no fue. Con la familia, que sumaban no más de treinta, solo estaban los integrantes de Queen y algunos pocos amigos. Lejos de las fiestas pantagruélicas y multitudinarias, en sus horas finales al cantante lo acompañaron sus seres más queridos y cercanos. El féretro de Freddie llegó a bordo de su clásico Rolls-Royce, y sobre él, una rosa roja.

La pista española

Respondiendo al deseo expreso de Mercury, durante la ceremonia de despedida se escucharon distintas canciones que él amaba oír. Sonó Aretha Franklin y también Montserrat Caballé, con quien había interpretado el clásico “Barcelona”. Y de la que se había hecho amigo. Dicen que el cantante estaba obsesionado con la voz de Caballé desde que la escuchó en la Royal Opera House de Londres, durante una representación de Un ballo in Maschera, de Verdi, en 1983. Con el tiempo le hizo llegar su interés en conocerla y pudieron trabajar juntos.

Junto a la soprano, Freddie cantó el tema que compuso para ella, “Barcelona”, en 1987 y se hicieron muy amigos. La canción fue un himno para la ciudad española durante la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992, unos meses después de la muerte del cantante. “Él ha llevado su enfermedad con un estoicismo y una entereza muy grande, porque Freddie ha sido siempre una persona muy desenfadada, muy libre, y en la música también. También lo ha sido en su forma de llevar la enfermedad”, le dijo Montserrat Caballé años después a la TVE.

Caballé era una de las pocas que supo de la enfermedad de Freddie, de su padecimiento y de su poca esperanza de vida. La soprano contó: “Me dijo una frase que es muy sencilla, pero que lo encierra todo: ‘Mira Montse, cada uno en la vida tiene su camino y lleva su equipaje, dentro del cual están todas las cosas que nosotros tenemos que cargar. Yo llevo mi equipaje y tú llevas el tuyo, entonces sería inútil tirarlo porque tengo que llevarlo’. Una manera muy filosófica de ver su corto futuro”.

La soprano, fallecida en octubre de este año, tenía autoridad para hablar del cantante ya que habían sido muy cercanos y él la respetaba. En una entrevista televisiva que les habían hecho juntos con motivo del lanzamiento de “Barcelona”, Freddie había reconocido que la española era su favorita: “Trabajar con ella era como un sueño. Un sueño que ahora se hace realidad. Por supuesto pensé si nuestras voces iban a compenetrarse o no, o si ella iba a aceptar, luego se extendió el rumor en la compañía de discos, entre mis amigos, y por fin llegó a oídos de Montsi, y ella dijo que sí, es una de esas cosas que salen bien. Fui a Barcelona a verla por primera vez, toqué unos cuantos compases y le gustó, ahora se ha convertido en una rockera”.

Un final insinuado

El último disco de estudio de Queen con Freddie dice mucho de esa etapa agridulce, en el que la banda se reencontraba para hacer música y para despedir, sin saberlo, a un amigo. Innuendo salió en febrero de 1991 con un nombre en latín que dice mucho, significa algo así como “insinuación” o “indirecta”.

El disco fue grabado entre Estudios de Montaña en, Montreux, Suiza, durante las primeras sesiones, y los estudios Metrópolis de Londres, Inglaterra, en las últimas. En ese momento Brian May y Roger Taylor estaban trabajando en proyectos paralelos y John Deacon casi no sumó en cuanto a lo creativo. A pesar de que la enfermedad de Freddie avanzaba, el astro escribió todas las canciones y cantó casi sin problemas.

La lista de temas hace que este álbum fuera el final perfecto para una banda perfecta. Letras premonitorias, mensajes ocultos, estribillos inolvidables. Desde “These are the days of our lives” (“Las cosas malas de la vida eran tan pocas. Esos días ya se han ido, pero una cosa es cierta. Cuando miro y te encuentro te sigo amando. No puedes retroceder el reloj, no puedes retroceder la marea. ¿No es una pena?”) hasta el épico final de “Show Must Go On” (“El espectáculo debe continuar. Dentro mío, mi corazón se está rompiendo. Mi maquillaje puede estar descascarado, pero mi sonrisa permanece aún”). Cada pasaje de ese track list es un motivo más para adorar a Mercury.

Con su espíritu liviano y divertido, Freddie no imaginó que 27 años después se seguiría celebrando su música y su imagen. Lo dejó claro cuando, con escandalosa modestia, hizo esta declaración que recoge el libro Freddie Mercury, su vida…: “Cuando esté muerto, me gustaría que se me recordara como un músico de cierta valía y sustancia. No sé cómo voy a ser recordado. No he pensado en ello, ya estaré muerto. Realmente no pienso: ‘¡Dios mío! ¿Cuándo esté muerto se acordarán de mí?’. Depende de la gente. Cuando esté muerto, ¿a quién le importa? ¡A mí, no!”.

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